Todas la fotos de esta columna son de MIKAËL PASCO

CUENTO Y DRAMATURGIA EN LA

NOSTALGIA DE BOSCH POR ROSA 

 

Por Gilda Matos

 

La Compañía Nacional de Teatro se viste de identidad al llevar a escena la adaptación del cuento “Rosa” de nuestro destacado literato Juan Bosch, en el camino de rescatar la memoria de las cuatro primeras décadas del siglo XX. Romanticismo, tristeza y una exuberante nostalgia integran la atmosfera del espectáculo teatral que expresa hechos de la vida pasada del campesino dominicano. 

La obra es dirigida por Fausto Rojas, un teatrista de la nueva ola de directores, quien se ha caracterizado, en sus últimos trabajos, en hacer adaptaciones novedosas, con la integración de su mirada propia, tal como lo hizo en su versión de “Otelo” del dramaturgo inglés William Shakespeare, revelando él, un espíritu de innovación y riesgo que llena de expectativas al público dominicano.

 

En la presente puesta el director toma el riesgo de hacer una adaptación de un cuento al llevarlo a teatro, es decir, mediar entre la finalidad de ser leído, a la de ser representado, no por un narrador que ve y describe los hechos y sentimientos de la trama, sino, a partir de la interpretación de los personajes por parte de los actores en el escenario, y, sobre todo, la su intervención como director. 

En el caso de “Rosa” el director se sitúa en el pasado, al que mira con melancolía, quizás como parte del respeto y admiración que le despierta el autor del cuento y lo adapta con una dramaturgia desde la nostalgia de algo que ya pasó. Su puesta parte de un realismo social con una visión un tanto esteticista en los colores, matices, luces y vestuarios, teñido de Brecht por momentos. El espectador se retrotrae al pasado sin involucrarse emocionalmente en lo que sucede.

 

Esta distancia temporal-emocional fue salvada en el teatro por Aristóteles en la antigüedad griega, cuando definió la unidad de acción del drama, buscando la imitación de una acción con características centrales y trascendentes del protagonista cuya labor deba mover al espectador a la compasión o al terror con el fin de provocar una catarsis, una especie de evacuación de los males planteados en hechos dramáticos. Diríamos que la acción dramática sitúa la efectividad de la magia del teatro en ¡un aquí, ahora!, este es el secreto. El escritor argentino Jorge Luis Borges, refiriéndose al dramaturgo y director inglés, expresa:  “Shakespeare sentía que el hecho estético es momentáneo y no está en las letras del libro sino en el comercio del libro con el lector o del espectador con la escena. El empresario Willian Shakespeare sabía que el arte dramático, y acaso cualquier arte, es un juego”. Esencia de la que, percibimos, carece esta puesta .

 

Todo director teatral arma su propia dramaturgia escénica, trátese de un cuento o un texto dramático, al escenificar la obra, él organiza los elementos de la escena introduciendo los recursos técnicos que apoyarán el lenguaje  teatral (cantos, efectos, música y títeres), a fin de conformar el hilo dramático que atrape o conciencie al público con su discurso.

En la presentación de Rosa, Rojas realiza su propuesta, su mirada…

 

Los personajes entran con naturalidad al escenario desnudo, y el conflicto se plantea casi a la mitad de la sucesión de  escenas, dejando las primeras en el ámbito descriptivo, es decir en lo narrativo. 

Sin embargo, la puesta tiene atributos que se sienten de forma real y creíble.  La entrada de Manuel Raposo, interpretando de forma destacada  al personaje protagonista del cuento, Juan, nos ofrece un aventurero y excesivamente cauteloso campesino enamorado. Tal como lo define Radhamés Polanco, Juan Bosch “… el dramaturgo más consistente y certero del país”,  en el sentido de la claridad y psicología con que describió sus personajes y el retrato de la cultura dominicana, y en relación al personaje de Juan, cuando lo presenta hundido en un mar de dudas; una especie de Hamlet del Caribe insular, que se debate en su interior entre su amor y los prejuicios morales y sociales. Al final, pudo más el miedo “al qué dirán”, que el idílico amor por Rosa.

Un personaje de peso es Amézquita, el hacendado, interpretado por Miguel Bucarelli con la naturalidad que caracteriza a este veterano actor. Otros que cumplen su cometido son Magui Liranzo, en el papel de Marta y Ernesto Báez, caracterizando a Inocencio; Cristela Gómez, a la vieja, Alejandro Moss, a Mariposa,  Orestes Amador y Bienvenido Miranda en las luces.

 

Un elemento que le da un toque singular, realista y poético a la vez, es la incursión de los títeres en la escena, interpretados por Canek Denis y Alejandro Moss, ¡cuánta creatividad y verismo en su representación! Con esta participación queda demostrado cómo el recurso del títere se integra de manera armónica a los demás personajes de una pieza dramática. Cabe destacar la ingeniosa participación de Wilson Ureña con su original colmado a cuestas, un personaje pintado de realismo mágico.

Un personaje de importancia es Rosa, cuyo nombre da título al cuento y a la pieza adaptada.  Sin embargo, esta muchacha campesina, y por ende la interpretación de Pachy Méndez, resulta insípida en las pocas escenas en las que tiene participación “activa”, por lo que quien estaría destinada a ser la protagonista, generadora del entramado dramático, resulta una especie de postalita en esta historia. Consideramos que es una visión de la mujer que dista del papel que les otorgaba Bosch a sus personajes femeninos.

El montaje de esta pieza tiene un gran valor para la escena dominicana, pues con ella podríamos haber alcanzado, no solo una identidad anclada en el pasado, sino  un diálogo profundo y esperanzador de los dominicanos con el mundo, a partir de “Rosa”, uno de los cuentos menos conocido del gran maestro de la narrativa  de Hispanoamérica, nuestro Juan Bosch.

El banquete: un manjar exquisito de

República Dominicana para el mundo

Por Olga Espinal
 

 

El banquete es una obra de carácter social, identificada con el teatro épico de Berthold Brecht cuya universalidad la hace candidata para ser representada en cualquier escenario del mundo.

Escrita por Rafael Stalin Morla, joven dramaturgo, bailarin, actor y filósofo dominicano, es una obra con mucho carácter, muy madura. Los diálogos muy bien construidos, los personajes por igual: cada uno con una personalidad muy definida, muy completa. Es todo un juego, casi una partida de ajedrez en la que encontramos a la reina, al rey y a los peones. Cada personaje transita en ese tablero blanco y negro en un juego de palabras, de humor, de distanciamiento y reflexión, de acción y movimiento.

La obra es una comedia macabra, postmoderna: el pastiche y lo ecléctico, la alusión a las macro y micro ideologías y la intertextualidad que caracterizan la postmodernidad están muy presentes en esta obra. A continuación detallo cada uno de estos aspectos que caracterizan la postmodernidad:


El pastiche: la introducción de la letanía, los premios, las creencias de la religiosidad popular de manera muy cohesionada aportan en su justa dimensión al contenido de la obra.


Lo ecléctico: lo neobarroco se mezcla con el teatro épico y con la comedia del arte (máscaras y gestos). El caos, la exageración, las máscaras aportan diferentes estilos de distinta naturaleza a la obra.


Alusión a las macro y micro ideologías: la lucha de clases, la explotación de la clase obrera y el feminismo. Es la reflexión del teatro épico de Brecht, pero con un guiño a las micro ideologías postmodernas y contemporáneas.


Intertextualidad: Alusiones a las obras de Darío Fo (aquí no paga nadie) Brecht (reflexión con énfasis en lo social, distanciamiento, metateatro) Agatha Cristie y Edgar Allan Poe (literatura negra, de investigación o policíaca). Y claro, el título hace alusión a la obra El banquete de Platon, pero se asemeja más en la forma que en el fondo.


Todo comienza cuando dos parejas, una casada y otra divorciada son invitados a un banquete muy especial por el jefe de los cuatro y dueño de la fábrica donde todos trabajan. Un doble juego de identidades y culpas se crea alrededor del Cerdo que todos quieren comenzar a comer y que nadie se atreve a tocar. Desde que comienza se percibe la tensión dramática constante  para producir un climax espectacular.
 

Por sus características y tema esta es una obra digna de estar en cualquier teatro de cualquier ciudad del mundo. La dirección por parte de Claudio Rivera da cohesión a la puesta en escena. Logra crear una acción muy coordinada entre todo el caos postmoderno, neobarroco de la obra. ¿Cómo asimilamos todo este odio, todo este resentimiento, todo este vacío? A través de las diversas técnicas que se ponen en juego: la exageración, la doble actuación, la actuación en espejo y La auto reflexión. Todo esto a partir de una cohesión entre los actores y una caracterización muy bien lograda de cada personaje. Claudio es conocedor de esa estética postmoderna y la articula muy bien en la dirección.
 

Las actuaciones  son impecables, limpias, sin desperdicios. No nos sorprende por la veteranía de los actores. Le dan vida al texto, organicidad a los personajes y se conectan a pura risa y reflexión con el público. Los personajes de supermierda, un pusilánime traidor, el típico lame botas;  la Perfecta, llena de miedos y problemas existenciales; Mano dura: el que siempre cumple, pero a él no le cumplen y Eficiente la más crítica y la más escéptica conforman este juego de ajedrez social.

 

Todos dañados por el trabajo en la Fabrica de No, un personaje ausente, presentificado en el banquete y que, a veces hace apariciones breves. NO es el gran juego de palabras, la ironía y lo satírico. “No ha muerto” quiere decir “ está vivo”, está presente, nos hace daño. Los actores nos muestran con gran maestría ese mundo interno de cada personaje, es más, aquí no hubo lugar para el ego: cada uno aportó al papel del otro, no hubo sobresalientes, cada quien tuvo su momento de gloria. Elvira Taveras como Perfecta, Viena Gonzalez como eficiente, Orestes Amador como Supermierda y Francis Cruz como Manodura establecen complicidad inmediata entre el público y sus personajes.
 

La escenografía no se queda atrás: un ambiente barroco, tenebrista, recargado de elementos necesarios para crear esa atmósfera de novela negra y que integra muy bien a los actores en el encuadre del escenario. Integra también el marco en un juego de figura/ fondo y lleno/ vacío que se concatena muy bien con la idea del personaje ausente y claro, une lo contemporáneo con lo moderno. Excelente trabajo de José Miura.
 

Las máscaras basadas en los cuadros frutales y vegetales de Arcimboldo, el pintor que aunque fue manierista ya anticipaba los bodegones barrocos, también se unen a este gran pastiche postmoderno. Son elaborados por Miguel Ramírez.
 

La música y la luminotecnia son también muy adecuadas a todo el ambiente creado. El vestuario digno de un banquete, pero, sin dejar de lado la reflexión esencial de la obra  pues los actores llevan las botas de obreros.
 

En esta puesta en escena, no se rompe la cuarta pared. Aunque al final somos invitados como público al banquete, la participación es tímida, pues ya se ha creado antes la distancia entre público y espectador.

Sin lugar a dudas, todos disfrutamos de un gran banquete, todos asistimos a una ejemplar y ejemplificadora puesta en escena, y que es ejemplo de unidad dentro del teatro dominicano pues aunó a grandes glorias del teatro y  a un dramaturgo  joven que dará mucho de qué hablar en los próximos años. ¡Felicidades a todos!

 

 

 

Círculo Violeta, teatro joven dando cátedras 

 

Por Miguel Oniel Díaz

 

 

En mis inicios en el quehacer teatral recuerdo haber asistido a un coloquio en la Sala Máximo Avilés Blonda del Palacio de Bellas Artes. En algún momento del acto, desde una de las filas del centro de las butacas, se levantó don Iván García para expresar una opinión, por lo que un edecán se acercó a ofrecerle un micrófono: “No gracias, yo soy de Bellas Artes”, respondió, prescindiendo así del aparato y refiriéndose a la capacidad de proyectar su voz usando como único instrumento su voz, gracias (por supuesto) a lo aprendido en la academia de Arte Escénico donde se formó.

 

La obra “Circulo Violeta” de Isen Ravelo, presentada a casa llena en el marco del 6to Festival Nacional de Teatro 2019, me hizo recordar aquel evento porque, del mismo modo, tanto la dramaturgia y dirección de Isen Ravelo, como las luces, sonido y las destacadas interpretaciones de las actrices que en ella participan no necesitan “micrófonos” para llegar, demuestran que el producto que sale de Bellas Artes (hoy Escuela Nacional de Arte Dramático (ENAD)), sale con voz propia y se escucha sin necesidad de recurrir a trucos de marketing, la formación y su talento les respalda.

 

Ambiente alternativo

En esta pieza, por primera vez, el joven escritor de conocidas obras como: La Orgía de las Viejas, Cría de Cuervos y El Credo de los Miserables, nos saca de la acostumbrada sala de teatro, donde ha desarrollado toda su dramaturgia, reuniéndonos en un relajado Bar Juan Lockward del Teatro Nacional, lejos de escenografías y ornamentos. Un teatro con lo necesario.

 

Allí concibe un espacio donde las paredes no existen, todos los personajes viven en nuestro mundo, haciendo que estos sean cotidianos y a la vez parte de nosotros mismos y nuestros círculos, nos miran, nos hablan, se sientan con nosotros, consiguen una interacción con el público muy bien lograda y reivindican al espectador como parte fundamental del espectáculo y del discurso.

 

Temática y compromiso social

En esta puesta en escena, la dramaturgia de Isen Ravelo continúa siendo fiel a la intención del autor, conocido por reflejar en sus obras los temas más graves y espinosos de nuestra sociedad, en esta ocasión: la violencia de género. Un flagelo que en nuestro país toca nuestras fibras sensibles pero del que muy inteligentemente nos permite reflexionar a través del dominio del teatro absurdo como de recursos brechtianos: el distanciamiento, el canto para ilustrar situaciones y el metateatro (teatro dentro del teatro) al identificar diálogos dentro de diálogos, también se auxilia de las frases repetitivas (propias del teatro absurdo) y un vestuario inspirado en la época de los años 50 que nos muestra una cultura de la violencia que permanece todavía vigente.

 

Durante el espectáculo inspirado en “Guía de la Buena Esposa: 11 reglas para mantener a tu marido feliz”, que circuló en nuestro continente en 1953, Isen nos hace reír de lo que duele y nos sensibiliza ante las cosas cotidianas de las que no deberíamos reír. Pone sobre la mesa nuevas miradas a otras formas de violencia, como a las que suelen someterse algunas mujeres para conseguir “encajar”, y con respecto a esta palabra, señalar también el ingenio del autor al utilizar la riqueza de nuestro idioma para referirse hasta a 6 conceptos distintos recurriendo a un mismo término.

 

Interpretaciones

Conforman el elenco Cora González, Judith Batista, Génesis González y Madeline Abreu, actrices jóvenes y talentosas. Cada una interpreta con organicidad personajes con personalidades muy marcadas, esto ayuda que todas conecten y logren buenos momentos. Las particularidades de las caracterizaciones no independizan a un personaje del otro, sino que cual orquesta sirven al autor para expresar una realidad social, todas forman parte de un mismo discurso.

 

Las canciones de la fallecida Amy Winehouse sirven como hilo conductor entre una escena y otra, en ocasiones interpretadas por la voz fuerte de Cora González quien sí se apoya de un micrófono con pedestal que en lugar de amplificar hacia afuera nos induce a un espacio interno e íntimo del personaje. Judith Batista destaca con una buena caracterización al igual que la brillante Madeline Abreu, Génesis González, la más joven de las cuatro, sobresale con fuerza y comienza a trillar un camino bastante prometedor en la escena dominicana. Con decir que en la última composición esta última logra condensar en una sonrisa, contención y lágrimas la esencia de toda la obra cuya duración aproximada fue de una hora.

 

Todos estos talentos, incluidos Carolyn Sánchez (Luces), Francisco Alberto (Sonido y voz en off) e Isaura Suero (asistente de Dirección) son jóvenes que luego de prepararse por años dan pasos importantes e inteligentes en sus carreras y, a lo mejor sin proponérselo, quienes hace apenas unos años estaban en las aulas formándose hoy los vemos en las tablas dando cátedras. 

DESDE LO APOLÍNEO A LO DIONISÍACO EN LA PASIÓN CANTADA DE

JACOBITO DE LARA

 

Por Gilda Matos

 

               Cuando un hombre se dedica a liberarse espiritualmente

de sus deseos y pasiones también espera sacar una ventaja”.

Friedrich Nietzsche

El teatro es una ventana de pasiones, sus vientos estremecen las cuerdas sensibles del público, de la sociedad y el mundo. Radhamés Polanco le abre puertas a la tragedia de un “macho dominicano”: Jacobito de Lara, quien protagoniza dos hechos trascendentes en la pieza teatral, uno desde el punto de vista social y el otro humano, en cuya acción se identifican lo apolíneo y lo dionisíaco

Estos conceptos vienen del mundo estético de los griegos anclados en el poder que emanan sus dioses, Apolo y Dionisos, representando dos grandes comportamientos de la cultura occidental que han influenciado las expresiones estéticas en dos caminos contradictorios, que conviven en la tragedia griega y en la vida del protagonista de esta historia.

Este personaje interpretado por Fausto Rojas manifiesta esa dualidad en sí mismo, por un lado la luz justiciera contra la tiranía de Lilís, hálito de paz para la sociedad dominicana, y, por el otro, la inconsciencia oscura, caos emocional, bajos instintos salvajes que revelan el perfil patriarcal de quien se cree poseedor de la presa femenina; despiadado en un ego misógino, el autor y el actor de esta pieza nos diseñan un perfil racional, con un fuerte subconsciente que se apodera del espectador en el consentimiento de las acciones, en nombre del amor de Jacobito.  

Hoy más que nunca cobra importancia analizar los planteamientos e importancia de esta obra teatral, en tiempos donde los problemas de la violencia de género, que laceran de forma especial a la sociedad dominicana, con graves consecuencias en pérdidas de vidas, han pasado a ser un conflicto en el debate global.

En la tragedia cantada, el feminicidio se ejecuta en nombre del “amor romántico” de un hombre que no duda en matar por pasión. En mi visión femenina: se siente rabia al ver al cruel psicópata convencer a los espectadores de las razones que lo llevaron a cometer el hecho. El personaje no puede ser mejor interpretado; de la manera que lo hizo Fausto Rojas, sensible, tierno a veces, débil, atractivo, convincente en sus argumentos, todopoderoso del machismo cultural del hombre dominicano.

La pasión está contada con la emoción del lado del hombre, Emilia Michel, Milo, la mujer, interpretada por Luvil González, es la sumisa, inocente, enamorada candorosa, la mujer víctima que sucumbe complacida en brazos de su amado. Evidentemente esta pasión es dionisíaca y es unívocamente masculina; en ella la ficción no supera a la realidad, la imita, no la trasciende con una razón digna y sentimientos sublimes de la verdad en redención de los males que critica, sólo al final se vislumbra la luz al acribillar al símbolo del perro.

El autor y director se ha caracterizado en su historial dramatúrgico por trabajar en las dos vertientes: lo apolíneo y lo dionisíaco, como impulso vital en sus creaciones. En esta obra, y en las puestas anteriores, participa de forma simbólica y testimonial en el desarrollo de la representación, convirtiéndose en un elemento clave en la narrativa, (El Preso), en esta ocasión expresa el lamento, (la Nenia), especie de canto fúnebre latino que ambienta la trágica historia.

Lo apolíneo se pronuncia en los aspectos narrativos, que denotan el pensamiento racional y crítico del autor, así como de los personajes de Virginia Elena Ortea, representada por Yanela Hernández, quien cuestiona incisivamente al personaje central, y el Ciego, representado Ernesto Báez, quien narra a través del canto los acontecimientos. Otro recurso utilizado con el propósito de sacudir al espectador de las emociones fuertes, son los extrañamientos, efectuados por Ernesto Báez, para contextualizar la historia.

La puesta en escena atrapa al público, con buen ritmo. La escenografía de Fidel López es funcional y a veces poética, la iluminación de Rubén Lara aporta significativamente a la atmosfera emocional. Si hubo disonancia en el espectáculo, fue la prolongación de la escena en off, que prácticamente eliminó la acción del escenario por largo rato.

Esta obra es producto de una historia real, una de tantas tragedias nacionales que impacta y motiva a la reflexión acerca de cómo la cultura de la violencia de género se cuela en nuestras vidas y en el arte, y hasta la sublimizamos sin darnos cuenta. Jacobito Lara, un macho dominicano, su novia, Milo, no está en el cielo por amor, merece ser reivindicada con más pasión y razón entre lo apolíneo y lo dionisíaco. 

“Maleducadas”. ¿Una nueva visión lorquiana?
 

Por Ángel Acosta-Lalondriz

 

Desde el primer momento en que Isabel Spencer planta su bandera en las tablas dominicanas se declara Maleducada, decide que va a jugar con esa voz de mujer dominicana. Una fémina dominicana inconforme, idealista, molesta con todo aquello que represente la represión femenina. Sus primeras piezas marcan claramente este objetivo y, transportándonos a este universo donde la mujer pone en tela de juicio su rol en la sociedad, provoca con imágenes que hacen reflexionar, en propuestas atrevidas llenas de plasticidad y veracidad. 

Juego de Navajas, en el marco del Festival Nacional de Teatro Dominicano, no es la excepción a la regla de la creadora. Desde su visión, Spencer da un giro al clásico Bodas de Sangre, del “poeta universal”, Federico García Lorca y se atreve aún más, a jugar con un elemento muy estudiado y debatido de la dramaturgia lorquiana, según Ramírez A. 2011 en su análisis “La representación de la Mujer en el teatro de Federico García Lorca” donde afirma lo siguiente: “…La Madre tiene el temple del hombre agrario, es ella la que se encarga de la ceremonia de la petición de la Novia…” De igual manera, los personajes de Yerma y Bernarda Alba son ejemplos de mujeres con voluntad de acero, arraigadas en sus valores, con temple impenetrable y una voracidad que caracteriza al hombre de la época de Lorca y a ese “macho cabrío” que ellas asumen en su proceder. Esta forma, estos personajes, contrasta con hombres suaves, delicados, soñadores que rayan muchas veces en la femineidad, en una belleza que muchas veces el hombre no tiene, como la del Novio en esta puesta. Esto nos plantea también un nuevo ideal de la masculinidad con características asignadas a el rol de la mujer en la obra, y es lo que muchos debaten; y quizás, muchos espectadores criticarán en Spencer y en esta puesta: ¿Estará Spencer atropellando uno de los textos clásico de la literatura universal o reinterpretando a Lorca en la época actual?

Es innegable que el elemento que más destaca en esta puesta es el conflicto que la directora plantea para la Novia, una Novia de por sí afligida, liada y perdida entre dos hombres: Leonardo por un lado como el caballo de libertad lleno de fuerza y energía, por otro un Novio, un niño que se presenta sencillo, suave, un hombre sin ambición, sin caballo, pero con dinero, como lo describe la misma Novia: “…tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas…”. A este conflicto Spencer le agrega sexualidad, un tercer amor, La Criada, una confidente, una mujer que desde su posición inferior se vuelve su amiga, su amante y la única persona que entiende a la Novia indecisa. Esta Criada es un elemento importantísimo para este Juego de Navajas en donde el amor de una mujer está entre dos personas. Debemos tener claro que lo único que unía al Novio y la Novia no era el amor sino el honor y la tradición. El texto, respetado a rajatabla por todos los intérpretes, y en esta versión libre es: contrapuesto en imágenes, en una sexualidad plástica, en un desnudo, en un beso, en caricias. 

Esta transgresión no se lograría si no se concretan los siguientes elementos:

Una actuación magnifica por parte de Spencer como la Madre y de Paloma Palacios como la Novia. Ambas mujeres se desbordan en escena llenándola de una energía mágica. Spencer arranca desde el primer momento como la madre descrita anteriormente: fuerte, férrea, implacable en cuanto a su honor y voluntad; la otra nos transporta primero a su inocencia, a su confusión, a su sufrimiento por ese no saber qué hacer, que termina en una decisión, quizás la más difícil de todas. Palacios, la Novia nos impresiona, y a mi persona particularmente, con su fisicidad y su plástica, con máscaras que revelan el universo interno de una mujer enamorada y que debe guardarse de las apariencias porque su reputación tiene hilos de donde tirar, a la que se le suma su amorío con una Criada que es un hecho que ya se comienza a ver en nuestra sociedad y no es algo particular de la obra lorquiana. Esta actriz sale de escena a recibir nuestros aplausos y la energía de esa Novia todavía la invade, no la suelta, eso nos habla de una actuación muy entregada a su personaje. Otras grandes actuaciones: Alondra Gonzales, como la Suegra de Leonardo; Johanny García, la Mujer de Leonardo; Raidher Días, el Novio; Diógenes Medina, el Padre de la Novia; y nuestra primera impresión: Isen Ravelo, la Muerte.

 

Una puesta escénica sencilla, fundamentada quizás en la idea que propone Lorca, juega con sobrios colores y marcos fotográficos que acentúan el fondo. Desde el momento en que la Muerte entra nos transportamos a otro espacio, uno donde la Luna y la oscuridad juegan un papel importante en nuestro viaje, donde estos elementos delatan los secretos de las pasiones humanas, de las familias y de los matrimonios. Así lo vemos en la Novia, la Madre y Leonardo, su Mujer y su Suegra. Todo esto logrado con el apoyo de unas luces que nos dan la atmósfera para que los personajes se escondan entre sombras de imágenes fotográficas. Un maquillaje que destaca la belleza de las mujeres, que acentúa la mirada de los hombres, la edad de la Madre, y lo sombrío de la Muerte. 

 

Y como siempre, lo más importante, un público receptivo, dispuesto, quizás morboso, un público tan entusiasmado que aplaude antes de que la función termine, un público que susurra: —¡Bésala!, en el momento en que la Novia se prepara y es confrontada por la Criada, el mismo que responde inconscientemente con un hilo de voz que versa: —¡El honor! a los parlamentos de la Madre: “¿Qué es una mujer sin un hijo que llevarse a los labios?... Llora, pero en la puerta”.

 

Pero, no todo funciona siempre, no todos los actores están tan envueltos en este universo, o las decisiones no siempre son las mejores. Tenemos elementos desaprovechados, como el abanico que lleva la Madre que no acentúa el calor de la escena; actuaciones que rayan en lo lineal como la de Manuel Raposo como Leonardo, o la de Gabriel Alcántara, cuyo personaje si hubiese sido mejor interpretado nos recordaría a esa hambre morbosa de las personas que conocen los secretos de los demás y solo quieren que todo se vea destruido, tal como sucede en esta versión; o La Criada en Cinthya Guzmán que muchas veces se perdió más en las imágenes creadas por Spencer que en la historia. Otra decisión cuestionable es la música elegida para el final, pienso que se distancia totalmente de la Madre en su momento más solemne y trágico, y nos remonta a un romance barroco.  Y, quizás, la decisión más cuestionable: la Madre dejándose abrazar de la Novia que hizo que su hijo muriera, aunque esto nos da un lado más humano, en la versión de esta obra, de esta impenetrable mujer. Un final insólito donde la Novia, después de todo lo ocurrido, decide fugarse con la Criada, Spencer hizo de las suyas en esta obra jugando con la sexualidad plástica.

 

Creo que responder yo mismo a las preguntas anteriores sería robarles la oportunidad de que disfruten ustedes mismos de está puesta en escena que sigue la corriente de una época en donde los clásicos están para estudiarse y los cánones y preceptos del arte para ser reinventados. Solo les daré la pista, de que Isabel Spencer debe seguir en ese camino y volvernos a todos Maleducados.

 

Ir al teatro a aplaudir este espectáculo, es aplaudir el atrevimiento de una mujer al cumplir lo que quizás haya sido la visión lorquiana de cuestionar todo desde la poesía y la imagen tradicional española.


09/11/2019
 

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